Nuestras Creencias
Una fe fundada en la Palabra de Dios, centrada en el evangelio de Jesucristo.
Una fe fundada en la Palabra de Dios, centrada en el evangelio de Jesucristo.
Como iglesia, nos adherimos a las verdades bíblicas históricas que han sido confesadas por el pueblo de Dios a través de los siglos. Nuestra fe no es nueva, sino que está arraigada en la revelación inmutable de las Sagradas Escrituras.
Creemos que la Santa Biblia fue escrita por hombres divinamente inspirados, y que es un tesoro perfecto de instrucción celestial; que tiene a Dios por autor, la salvación por fin, y la verdad, sin mezcla alguna de error, por contenido; que revela los principios por los cuales Dios nos juzgará; y por tanto es, y será hasta el fin del mundo, el centro verdadero de la unión cristiana, y la norma suprema por la cual toda conducta humana, credos y opiniones deben ser probados.
Creemos que hay un solo Dios vivo y verdadero, un Espíritu infinito e inteligente, cuyo nombre es JEHOVÁ, el Creador y Gobernante Supremo del cielo y de la tierra; indeciblemente glorioso en santidad, y digno de toda la honra, confianza y amor posibles; que en la unidad de la Divinidad hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; iguales en toda perfección divina, y que ejecutan oficios distintos pero armoniosos en la gran obra de la redención.
Creemos que el hombre fue creado en santidad, bajo la ley de su Creador; pero que por transgresión voluntaria cayó de aquel estado santo y feliz; por cuya causa todo el género humano es ahora pecador, no por fuerza sino por elección; estando por naturaleza enteramente desprovisto de aquella santidad que requiere la ley de Dios, positivamente inclinado a lo malo; y por tanto bajo justa condenación a la ruina eterna, sin defensa ni excusa.
Creemos que la salvación de los pecadores es puramente por gracia; por medio de la obra mediadora del Hijo de Dios; quien por designación del Padre, libremente tomó sobre sí nuestra naturaleza, pero sin pecado; honró la ley divina por su obediencia personal, y por su muerte hizo una expiación completa por nuestros pecados; que habiendo resucitado de entre los muertos, ahora está entronizado en el cielo; y que uniendo en su persona maravillosa las simpatías más tiernas con las perfecciones divinas, está en todo sentido calificado para ser un Salvador idóneo, compasivo y omnipotente.
Creemos que la gran bendición del evangelio que Cristo asegura a los que en Él creen es la Justificación; que la Justificación incluye el perdón del pecado, y la promesa de la vida eterna sobre principios de justicia; que se concede, no en consideración a ninguna obra de justicia que hayamos hecho, sino puramente por medio de la fe en la sangre del Redentor; por cuya fe su justicia perfecta nos es imputada por Dios; que nos introduce a un estado de paz y favor benditísimos con Dios, y nos asegura toda otra bendición necesaria para el tiempo y la eternidad.
Creemos que las bendiciones de la salvación se ofrecen gratuitamente a todos por el evangelio; que es el deber inmediato de todos aceptarlas por medio de un arrepentimiento y una fe cordiales, penitentes y obedientes; y que nada impide la salvación del pecador más grande en la tierra, sino su propia depravación inherente y el rechazo voluntario del evangelio; rechazo que lo envuelve en una condenación agravada.
Creemos que para ser salvos, los pecadores deben ser regenerados o nacidos de nuevo; que la regeneración consiste en dar una disposición santa a la mente; que se efectúa de una manera que sobrepuja nuestra comprensión, por el poder del Espíritu Santo, en conexión con la verdad divina, a fin de asegurar nuestra obediencia voluntaria al evangelio; y que su evidencia propia aparece en los frutos santos de arrepentimiento, fe y novedad de vida.
Creemos que el Arrepentimiento y la Fe son deberes sagrados, y también gracias inseparables, labradas en nuestras almas por el Espíritu regenerador de Dios; por lo cual, estando profundamente convencidos de nuestra culpa, peligro y desamparo, y del camino de la salvación por Cristo, nos volvemos a Dios con humillación sincera, confesión y súplica de misericordia; recibiendo al mismo tiempo de todo corazón al Señor Jesucristo como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, y confiando en Él solo como el único y omnipotente Salvador.
Creemos que la Elección es el propósito eterno de Dios, según el cual Él gratuitamente regenera, santifica y salva a los pecadores; que siendo perfectamente consistente con la libre agencia del hombre, comprende todos los medios en conexión con el fin; que es una demostración gloriosísima de la soberana bondad de Dios, siendo infinitamente libre, sabia, santa e inmutable; que excluye enteramente la jactancia, y promueve la humildad, el amor, la oración, la alabanza, la confianza en Dios, y la imitación activa de su misericordia libre; que puede conocerse por sus efectos en todos los que verdaderamente creen el evangelio; que es el fundamento de la seguridad cristiana; y que para cerciorarse de ella con respecto a nosotros mismos, se requiere y se debe la mayor diligencia.
Creemos que la Santificación es el proceso por el cual, según la voluntad de Dios, somos hechos partícipes de su santidad; que es una obra progresiva; que se inicia en la regeneración; y que se lleva a cabo en los corazones de los creyentes por la presencia y el poder del Espíritu Santo, el Sellador y Consolador, en el uso continuo de los medios designados, especialmente la palabra de Dios, el auto-examen, la abnegación, la vigilancia y la oración.
Creemos que solo los que perseveran hasta el fin son verdaderos creyentes; que su unión perseverante con Cristo es la señal principal que los distingue de los que profesan superficialmente; que una Providencia especial vela por su bienestar; y que son guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.
Creemos que la Ley de Dios es la norma eterna e inmutable de su gobierno moral; que es santa, justa y buena; y que la incapacidad que las Escrituras atribuyen a los hombres caídos para cumplir sus preceptos, surge enteramente de su amor al pecado; librarlos de lo cual, y restaurarlos por medio de un Mediador a la obediencia sincera a la santa Ley, es el gran fin del Evangelio, y de los medios de gracia conectados con el establecimiento de la iglesia visible.
Creemos que una iglesia visible de Cristo es una congregación de creyentes bautizados, asociados por un pacto en la fe y el compañerismo del evangelio; observando las ordenanzas de Cristo; gobernados por sus leyes; y ejerciendo los dones, derechos y privilegios investidos en ellos por su Palabra; que sus únicos oficiales bíblicos son los Obispos o Pastores, y los Diáconos, cuyas calificaciones, derechos y deberes se definen en las Epístolas a Timoteo y a Tito.
Creemos que el Bautismo Cristiano es la inmersión en agua del creyente, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; para mostrar en un emblema solemne y hermoso nuestra fe en el Salvador crucificado, sepultado y resucitado, con su efecto en nuestra muerte al pecado y resurrección a una nueva vida; que es un requisito previo a los privilegios de una relación de iglesia, y a la Cena del Señor; en la cual los miembros de la iglesia, por el uso sagrado del pan y del vino, han de conmemorar juntos el amor moribundo de Cristo; precedido siempre por un solemne auto-examen.
Creemos que el primer día de la semana es el Día del Señor, o el Día de Reposo Cristiano; y que debe ser consagrado a propósitos sagrados, absteniéndose de todo trabajo secular y recreaciones mundanas; por la observancia devota de todos los medios de gracia, tanto privados como públicos; y por la preparación para aquel reposo que queda para el pueblo de Dios.
Creemos que el Gobierno Civil es de designación divina, para los intereses y el buen orden de la sociedad humana; y que se debe orar por los magistrados, honrarlos y obedecerlos concienzudamente; excepto solamente en cosas opuestas a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, quien es el único Señor de la conciencia, y el Príncipe de los reyes de la tierra.
Creemos que hay una diferencia radical y esencial entre los justos y los inicuos; que solo aquellos que por la fe son justificados en el nombre del Señor Jesús, y santificados por el Espíritu de nuestro Dios, son verdaderamente justos a su vista; mientras que todos los que continúan en la impenitencia e incredulidad son inicuos a su vista, y bajo la maldición; y esta distinción permanece entre los hombres tanto en la vida como después de la muerte.
Creemos que se acerca el fin del mundo; que en el último día Cristo descenderá del cielo, y levantará a los muertos del sepulcro para su juicio final; que se hará una separación solemne; que los inicuos serán sentenciados al castigo eterno, y los justos al gozo eterno; y que este juicio fijará para siempre el estado final de los hombres en el cielo o en el infierno, sobre principios de justicia.